Un martes de hace poco más de dos años, conocí una sonrisa de entre un grupo de personas reunidas coloquialmente, que me recibió con la entrañable y a la vez descarada madurez de una señora de más de noventa años.
Sentirse acogido, sentirse
integrado, sentirse amigo, fue casi instantáneo entre unas gentes que tenían y
tienen en común conmigo el ver la vida con ojos que sin ver bien, lo ven todo.
Y esta señora, de talle corto,
espalda doblada y bolso bajo el asiento de su inseparable andador, conectó
rápidamente conmigo.
Sería su humor, su
naturalidad, sus trabalenguas, su humildad, su bondad, su fortaleza, su
inquebrantable decisión de no dejar pasar oportunidad de conocer, de admirar, o
de participar en todo aquello que le ofrecían, lo que me hizo fijarme
especialmente en ella.
En las distancias cortas, esta mujer, no era
igual; era aún mejor. Desprendía educación, dulzura, agradecimiento, sinceridad
a todo aquel que ofreciera simplemente un brazo que acompañara su caminar a
casa.
Yo fui afortunado al conocerla
y podría asegurar sin lugar a equivocarme que dentro de ese bolso mágico en el
que podía llevar desde un mechero, unas tijeras, o una navaja multiusos,
también llevaba la amistad y el aprecio de todos los que tuvimos la gran suerte
de conocerla.
A Pilar, con el agradecimiento
de los que reconocemos que de vez en cuando la vida, la suerte o seguramente
Dios nos bendice con almas así, todo mi cariño y aprecio. Las tertulias
continuarán y aunque ya no serán igual, siempre habrá un tinto de verano para
brindar por ti.