Sentado
a una silla de ruedas, apenas puedo elevar el rostro; quizás el alcohol, la
última paliza, o el penúltimo tropiezo. ¡Qué más da!
Desde
la entrada y aterido por un viento frío, apenas puedo vislumbrar las caras de aquellos
que entrando y saliendo, disimulan purgar pecados en la bendita Iglesia
Catedral.
Unos
pocos sabrán mi nombre; otros pocos acercarán su alma para interesarse por la
mía y la mayoría mirarán hacia otro lado, porque en su mundo no hay cabida para
aquellos que como yo sólo encuentran refugio en vinos y noches de interperie.
No
discutiré sus pensamientos, palabras, obras u omisiones porque no soy nada, no
soy nadie para juzgar a otros nadies.
Mi
saludo nunca faltará a quien alguna vez me ayudó con una moneda, un bocadillo o
simplemente con unas palabras y consejos reconfortantes. Más calor recibo de un
segundo de sinceridad que de mil palmadas sin rozar mi espalda.
La
vida me enseño a lamerle las heridas y distinguir como un perro abandonado al
humano que solo con su mirada ya extiende su mano para abrazar mis penurias.
Así
soy yo; con una vida que seguramente me ofreció alguna oportunidad de
cambiarla, pero que no supe o no quise hacerlo; soy humano, soy imperfecto,
pero al menos sigo siendo YO.
Llegarán
días de jolgorios, copas, adornos de colores y turrones y regalos de mil clases
a quien se haya portado bien.
Yo
seguiré aquí, lejos de mi tierra y puede que cada día y a mayor velocidad, más
cerca de esa otra tierra que me acoja para el descanso eterno.
Si
pasas a mi lado, simplemente deséame lo que yo también quisiera desearte…
¡FELIZ NAVIDAD!
P.D.
Dedicado a Peter, un hombre sin techo al que jamás le falta una sonrisa y un
saludo que darme. A él y a todas las personas en una situación similar, mis
mejores deseos y oraciones para que algún día la vida también les sonría igual
que a los que sin saberlo, nacimos con mejor suerte.
Corría el año 1979 cuando con
apenas quince años mis pasos me llevaron
a un bar querido y frecuentado . Ese bar era más que un bar; era un encuentro
de amigos, cervezas y cartas donde los minutos se hacían horas y las horas
coleccionaban historias.
Ese día, encontré acomodo en
un taburete de la enorme barra tras la cual el hombre habitual de redondas
formas y pelo olvidado en el tiempo, me regalaba la sonrisa de siempre y con su
habitual saludo decía:
“¿Qué te pongo Zarco?”
“Pues me pones una cañita y
unas patatas con anchoas”.
Regresó poco tiempo después
con dos cañas; una para él y otra para mí; era su forma habitual de dedicar un
pequeño tiempo a aquellos con los que tenía confianza y aprecio suficiente al
otro lado de la barra para dedicarnos y dedicarse unos minutos de charla y
descanso.
Poco duraban esas charlas
porque enseguida se veía reclamado por otros clientes.
De repente, tras las gafas,
mis ojos se percataron que en la parte totalmente opuesta de la gran barra,
había un expositor de cassettes. Raudo y veloz, caña, patatas, anchoas,
taburete y un servidor, se mudaron a sus pies.
Tomando posesión de ese
pequeño espacio y momento, con toda la tranquilidad del mundo fui mirando
aquellas cintas de entonces que en su jaula metálica y bajo candado, eran
expuestas para todos aquellos a los que el gusanillo de unos buenos sones les
hicieran comprar alguna.
No tardé mucho en ser abducido
por una portada con una llama y letras verdes que formaban la palabra TRIANA y
de título Sombra y Luz.
TRIANA ya me sonaban de días
de radio que hablaban del Sr. Troncoso, de unos Hijos del Agobio, de un Patio y
de una niña a la que invitaban a abrir la puerta cuando el día iba a comenzar.
Esas canciones mi memoria de ahora y de entonces, guarda y guardará siempre
como pequeños tesoros de buenos momentos vividos y otros buenos por venir.
Así que llamando a aquel con
el que compartí caña, charla y amistad le pedí amablemente que esa cinta fuera
liberada de su encierro para formar parte de mi pequeña historia.
Hoy varias décadas después, ese
bar, ese amigo tras la barra, ese expositor, e incluso la voz y las percusiones
de TRIANA son recuerdos de un pasado que me amó, amé y amaré siempre.
P.D. Dedicado muy especialmente
a Eduardo Rodríguez Rodway guitarra y alma viva del mejor grupo de rock español
que el destino nos arrebató pero la gloria convirtió en leyendas.
Un martes de hace poco más de
dos años, conocí una sonrisa de entre un grupo de personas reunidas
coloquialmente, que me recibió con la entrañable y a la vez descarada madurez
de una señora de más de noventa años.
Sentirse acogido, sentirse
integrado, sentirse amigo, fue casi instantáneo entre unas gentes que tenían y
tienen en común conmigo el ver la vida con ojos que sin ver bien, lo ven todo.
Y esta señora, de talle corto,
espalda doblada y bolso bajo el asiento de su inseparable andador, conectó
rápidamente conmigo.
Sería su humor, su
naturalidad, sus trabalenguas, su humildad, su bondad, su fortaleza, su
inquebrantable decisión de no dejar pasar oportunidad de conocer, de admirar, o
de participar en todo aquello que le ofrecían, lo que me hizo fijarme
especialmente en ella.
En las distancias cortas, esta mujer, no era
igual; era aún mejor. Desprendía educación, dulzura, agradecimiento, sinceridad
a todo aquel que ofreciera simplemente un brazo que acompañara su caminar a
casa.
Yo fui afortunado al conocerla
y podría asegurar sin lugar a equivocarme que dentro de ese bolso mágico en el
que podía llevar desde un mechero, unas tijeras, o una navaja multiusos,
también llevaba la amistad y el aprecio de todos los que tuvimos la gran suerte
de conocerla.
A Pilar, con el agradecimiento
de los que reconocemos que de vez en cuando la vida, la suerte o seguramente
Dios nos bendice con almas así, todo mi cariño y aprecio. Las tertulias
continuarán y aunque ya no serán igual, siempre habrá un tinto de verano para
brindar por ti.
Madrugada en uno de esos lugares cuyo nombre huele a tristezas. El silencio envuelve los sueños de un cansancio que siendo humano, no lo es.
Miro cuerpos tendidos acompañando a quien sin hablar,lo decía todo con miradas y medias sonrisas.
Su historia se forjó al ritmo de juventudes de otros tiempos y costumbres olvidadas.
Su vida no fue fácil; la enfermedad se cebó en un cuerpo cuyo cerebro fue mal director del resto de su orquesta. Desafinó sus miembros hasta que una vil cama lo abrazó durante más de dieciséis años.
No fue justo en un hombre justo; no mereció nunca una suerte tan esquiva a la fortuna que todos buscamos; pero si existe un Dios y así lo creo fervientemente, es ese Dios que para las batallas más duras siempre envía a sus mejores soldados.
Y este hombre que hoy se despidió de este mundo, lo era, lo es y lo será eternamente.
Me basta haberle conocido y asombrarme en el recuerdo de quienes más le disfrutaron, para asegurar que por muy duros que han sido estos años, siempre merecieron la pena.
Cinco últimos días de hospital y dentro del dolor intenso de ver como una vida se apaga, poder decir sin lugar a dudas, que se ha marchado firmando como epitafio una horas de orgullo, de esperanza, de fraternidad, de amor, de familia, de abrazos , de mil lágrimas y mil sonrisas con una sucesión de hechos que pareciendo casualidades, nunca lo fueron.
Han sido muchas horas de sala de espera, de cafés de máquina, bocadillos, miedos e incertidumbre.
Pero también han sido particularmente una horas hermosísimas que basadas en una historia de muerte, me han llenado de vida.
Me iré de este lugar donde ahora duerme una familia, con la sensación de que mereció muchísimo velar sus sueños porque sin serlo, me he sentido también un hijo.
Recordaré la entereza de quien siempre ha sido su compañera y un orgullo como hermana; a la rubia que me brindó a bocajarro uno de los pensamientos más hermosos que jamás escuché cuando me confesó que para ella soy como esa "casa" protectora de nuestros juegos infantiles; los abrazos enormes y los besos entre lágrimas de un mecánico de sentimientos intensos adornados de bondad sincera; los miedos de aquella que sufría pensando que su padre quedaba en soledad sin sospechar que jamás un amor grande puede quedar huérfano y como no de aquella otra que compartió conmigo charlas desnudas de tapujos entre pitillos al viento.
A todos, mil gracias porque estando casi a ras del suelo, me habéis regalado una bellísima historia que contar y recordar mientras miro al cielo y veo un Renault 12 verde metalizado conducido por un hombre que se dirige a un lugar llamado Cielo mientras con las ventanillas bajadas se escucha una canción que hablaba de la Madrecita María del Carmen.
En una sociedad sin apenas
cartas escritas, con Reyes que si están se admiten y si no están tampoco se
echarían de menos y con una magia navideña que hace ya tiempo se perdió entre
luces y grandes almacenes del consumismo más atroz que viviera la raza humana,
llegamos al colofón de unas fiestas con el habitual baño en chocolate del
sempiterno roscón que de seguir así te lo endosarán junto con un décimo de
lotería en pleno mes de julio en cualquier lugar con olor a sal, montaña o pueblo
perdido de la mano de Dios.
De castañas para calentar
manos en gélidas noches de invierno, de abuelillos paseantes de nietos entre
puestos de mercadillo con soniquetes de cascabeles o de copas y dulces velando
sueños a la espera de ser degustados por esos increíbles, sorprendentes y nunca
vistos repartidores de juguetes e ilusiones, apenas se habla por no pecar de
nostalgia entre tanta sociedad en progreso.
¿Progreso?
Progreso sería mantener o intentar
mejorar valores que forjaron una casta de hombres, mujeres y niños que entre
flores, fandanguillos y alegrías, saludaban al mundo con el esfuerzo de su
trabajo y una palabra educada entre tanto trabajo por hacer.
Hoy, no es así; el respeto
se mide a razón de lo que pesas dentro de unos cánones estipulados por gentes
cuyo principal valor o mejores principios, precisamente, es el de no tenerlos.
¡Ay pena, penita, pena! me
da esta sociedad actual; dame pan, dime tonto y que no falten pelotas que
centrar, cervezas que engullir, ni toros que lidiar, que lo demás por muy
irreverente, de mal gusto, chabacano o incluso corrupto, se admitirá como
animal de compañía.
Y hoy, redactando esa carta
a los Reyes Magos, no sé si la escribo a unos Reyes mimetizados entre tanta
multitud de aberrantes comparsas de lo incomprensible o podrá llegar a los
verdaderos y genuinos que leerán mis letras con la atención, el respeto, quizás
cariño y comprensión de un adulto que nunca quiso dejar de ser niño.
Haré mis peticiones por si
alguna de ellas tienen a bien sus majestades, hacerlas realidad:
-Pido salud; más para los que
me rodean, que para mí mismo, aunque tampoco estaría mal que me tocara al menos
el reintegro.
-Pido que se acaben las
malditas guerras; las famosas y las que no cuentan tanto porque no venden
titulares.
-Pido justicia para los
buenos y para los malos, porque muchas veces pagan justos por pecadores.
-Pido cultura; pero cultura
de la buena, de esa que no necesita redes sociales para llegar al pensamiento
humano y hacer vibrar por dentro a las personas.
-Pido respeto y educación
porque si se pierden, el mundo se engullirá y se desaparecerá por el retrete
tirando él mismo de la cadena.
-Pido trabajo y viviendas
dignas para quien trabaje y sea digno de poder tenerlas.
-Pido que se acabe la
hipocresía, el fanatismo, la corrupción y todo aquello que vaya en contra de la
propia idiosincrasia del ser humano.
-Y por último, pediría quizás
lo más difícil y que nunca he conseguido tener:
¡Cuántas miradas al cielo
rogarían parar el tiempo y que el segundero no quisiera llegar al minuto ni sus
minutos a la hora! Pero el tiempo, como la vida, sigue su camino
inexorablemente sin mirar atrás.
No paramos a pensar, no hubo
lugar al razonamiento; simplemente, el corazón corrió más aprisa que los pasos
aunque por mucho que apretaron la marcha, se detuvieron al instante, cuando la
fatalidad elevó un muro infranqueable de destrucción y cruda realidad que les
gritó: “Llegásteis tarde”
Sus lágrimas llamarían mil
veces a una puerta que cerró de golpe toda esperanza de que la voz de siempre
les hablara al otro lado.
Sólo hubo tiempo a dibujar
un corazón y escribir con tinta manchada de barro:
“Adiós mamá, no pudimos
llegar a tiempo” P E R D Ó N
Debiéramos vivir en la
esperanza de saber que una madre querida aunque no responda tras esa puerta,
desde un lugar lejano pero infinitamente hermoso, seguramente al leer ese
pensamiento de amor, culpa y perdón, diría:
“No hay nada que perdonar;
abrigaos que está lloviendo mucho”
No
hay mayor silencio que el silencio del olvido. Y no quisiera ser yo quien
pasara de puntillas sin opinar por la historia más reciente de un país, de una
región, de unas gentes que viven y vivirán una película de terror basada en
hechos muy reales desde que el pasado 29 de octubre, mucha vida y muchos modos
de vida se perdieron en un río de muerte y destrucción.
Han
pasado ya los suficientes días para reflexionar sobre lo ocurrido sin la
inmediatez de un corazón desbocado por los acontecimientos.
Muchas
han sido las imágenes, los relatos y las vivencias de los protagonistas de esta
desgracia que de un modo u otro debiera habernos tocado la patata si como se
nos presupone, somos humanos.
¿Qué
decir, qué pensar, cómo ayudar, cómo consolar…? Son muchas preguntas que en la
distancia me hago y no termino de responderme.
No
me basta un simple emoticono con una lágrima cayendo; no es de recibo que con
mi pequeña aportación monetaria mi conciencia se sienta ya dormitando en el mar
de la tranquilidad; no, no me basta. Quisiera que esta historia nunca se
olvidara; que aunque pasen los días y las ciudades y los pueblos afectados
maquillen sus muecas de horror, nunca olvidemos que una vez hubo ríos de
lágrimas por el ser querido que partió; o de aquel otro cuya única posesión ahora
es una manta que una mano amiga le ofreció o la de aquellos niños que fueron
hombres al ritmo de un carrito llamado ayuda que transportaban por la
calles.
Son
historias que nunca debieran olvidarse aunque se diga que la vida sigue. La
vida sigue, sí; pero ¿seguirá igual?. Quiero pensar que no, aunque mi
experiencia me dice que pasado un tiempo, seguiremos viviendo en el país de las
maravillas donde todo se enmascara en una falsa felicidad adornada de promesas
sin cumplir, brindis al sol y tardes de toros y fútbol. “Pan y circo”
pregonaban los romanos, para que sigamos su ejemplo centenares de años después.
Me
rebelo ante esa idea y prefiero pensar que los ríos y ríos de jóvenes portando cubos,
palas, rastrillos y voluntad de ayuda a los demás, son el futuro más rabioso
que podamos tener en este país. No se trata de vengar al inepto, sino de
enseñarle que nunca debieran unos pocos jugar con las ilusiones puestas en el
futuro de todos.
Se
dice ahora que sólo el pueblo salva al pueblo. Desgraciadamente, así ha sido;
pero no olvidemos que pueblo somos todos y que ese mismo pueblo es el que ha
puesto al frente de un país, de una región o de un municipio a unos gobernantes
que salvo contadas excepciones, han jugado con las vidas de los demás por un
puñado de votos y ceros que añadir a sus cuentas.
Creo
que ha llegado la hora de exigir que los políticos demuestren su valía; no se
puede llegar a la cima sin haber estado antes en lo más bajo. ¿Cómo se atreven
a exigir a los demás lo que ellos nunca son? ¿Cómo se permiten dar lecciones
éticas sin dar ejemplo? ¿Por qué un joven de hoy en día debe estudiar lo que no
está escrito para pasar una oposición si quiere encontrar un empleo mientras la
peor generación de políticos con sus acciones u omisiones se ríen en su cara
desde sus poltronas?
No
hay vergüenza ni dignidad ni verdad en lo que dicen o hacen. Las verdades las
adornan de mentiras y las mentiras las adornan de verdad.
Hoy
la imagen de ese hombre es la que me viene a la cabeza; ojalá ese hombre se
levante algún día y aunque, manchada su dignidad, se sacuda esos lodos para
gritar al mundo:
Con dos meses de retraso por esta
maldita pandemia que todo lo trastoca, por fin a la hora acordada del día
fijado, conduje el coche a la I.T.V. habitual mediante el sistema de cita
previa, que hacía más de un mes gestioné a través de la web oficial.
Al llegar allí a eso de las 10:15
de una mañana calurosamente radiante, me encontré a la cola de una larga fila
de automóviles.
¡Esto va para largo, pensé! Y con
ese pensamiento me dirigí a las oficinas con la documentación en mano, la
cartera preparada y a la espera de las indicaciones habituales.
Varias cosas cambiaron lógicamente
por las medidas de seguridad actuales. Mampara de separación en el mostrador,
geles por doquier y una gran falta del cestillo de caramelos que siempre me
recibía con el logo de la empresa.
Una operaria recogió mis papeles,
los comprobó y me preguntó:
¿Usted tenía fijada la hora de la
inspección entre las 10:30 y 10:40 verdad?
Exactamente, contesté yo.
Miró su reloj y con una gran
sonrisa me indicó…
Bien, aunque aún son las 10:25h.
vamos a realizar ya la inspección de su vehículo. Si es tan amable, espere
usted fuera que una persona le acompañará hasta el lugar para realizarla.
¡Qué bien, pensé yo! De algo
tenía que servir esto de las citas previas, aunque si soy sincero jamás pensé
que fueran más allá de la puntualidad.
Eso no lo presentía; pero lo que
verdaderamente me impresionó en esta historia es que una vez fuera esperando a
la persona que me tenía que acompañar e indicar, de repente se abriera una
puerta y apareciera una mujer de esas que te dejan sin habla más allá de que
estuviera o no hablando. Al menos de metro ochenta, larga cabellera rubia, ojos
claros y rostro impenetrable en su totalidad por la mascarilla que lo cubría,
con cuerpazo de esos de photoshop enfundada en una especie de mono negro
completamente ajustado a unas curvas que ni el circuito de Spa Francorchamps.
Esa mujer se dirigió a mí y muy
amablemente me preguntó:
Señor Zarco, ¿puede acercar su
vehículo y acompañarme, por favor?
Mi primer pensamiento fue: “Hasta
el infinito y más allá”; pero al final le contesté el consabido y educado “claro
que sí, muchas gracias”.
Conforme me iba acercando a mi
automóvil, mentalmente sonreía pensando o más bien divagando por mi afición a
la Formula 1. En ese momento, me sentí piloto de carreras rodeado en el paddock
de técnicos y alguna de esas modelos que paraguas en mano sólo solemos ver por
televisión.
Me acompañó unos metros subida a
sus tacones y yo subido a mi bólido y me indicó una entrada por la que
aparecería un técnico que sin duda, no sería tan hermoso como ella. Nos
despedimos cortésmente deseándonos un feliz día.
Así acabó esta pequeña historia,
con mi mujer en el asiento del copiloto y riendo por estos pensamientos que le
relaté mientras mi coche era zarandeado, auscultado y aprobado por un operario
que dio su visto bueno a un coche y dos personas que comenzaron un feliz día de
aniversario en un paddock cualquiera.
Una mujer de varias décadas no puede contener la emoción al abrir un paquete que sin envoltorio de regalo, lo es.
Se diría que le pudo la emoción de lo inesperado, de la sorpresa sin más, del detalle de una conjura entre varios para ella sola.
Observé su reacción, su perplejidad, su alegría y sus recuerdos. No sé qué me impresionó más; o quizás sí.
Puede que el ver una niña que no conocí y vislumbré entonces en todo su esplendor, fuera lo que más me llamó la atención.
Supe en ese instante que el objetivo se cumplió aún antes de mostrarse en toda su realidad al ser descubierto. Poco a poco el envoltorio fue abriendo paso a un contenido lleno de futuras miradas a cielos estrellados.
Un asombro, una exclamación, un éxtasis de alegría mezclados en lágrimas de emoción.
¡Un telescopio! gritó a los cuatro vientos de una habitación cerrada.
Un cartón por allí, unos plásticos de burbujas por allá, una bolsa de lentes, un trípode, tornillos y por fin el largo, negro y hermoso objeto cuya misión no es otra que la de acercar una mirada al abismo del asombro.
No hicieron falta palabras; con su mirada bastó. Cuando unos ojos ríen de ilusión, no hay más que añadir a la escena.
La luna la esperará pacientemente para ser descubierta; aquella estrella que se mueve, también; pero hay algo que nunca podrá cambiar:
La mirada de una niña que siendo grande se hizo pequeña y de un universo tan lejano como cercano para todo aquel que quiera y sepa recrearse en su contemplación.
Hace la friolera de treinta y cinco años mes arriba mes
abajo, un tipo al que sigo conociendo que no es otro que yo mismo, una calurosa
mañana mochila caqui al hombro, caminaba somnoliento por el famoso Paseo del
Prado de un Madrid tan reconocible como el de ahora.
Su sueño, era comprensible. Acababa de abandonar todo un
Cuartel General del Ejército tras tres días de pernocta obligada allí para
cumplir con lo estipulado en un compromiso firmado para servir a la Patria.
El trayecto sólo buscaba alcanzar el bus que esperaba en una
parada de Atocha y que sin duda me llevaría al hogar dulce hogar.
Era una mañana hermosa, como muy hermosa era la mujer que
captó mi atención sentada en una de tantas mesas del típico café-quiosco del
Paseo que estaba atravesando.
No sé exactamente si fue su larga cabellera rubia o sus
facciones extraordinariamente bellas. El caso es que pensé: “Yo conozco a esa
mujer”.
Y efectivamente, la conocía. Incluso supe su nombre y sabía
en qué trabajaba. Lo supe, pero no por una mente lucidamente despierta o una
memoria fotográfica de cámara réflex, sino porque a su lado se sentaba un
hombre por el que yo y millones seguramente como yo, se hubieran cambiado en
ese y en otros muchos momentos.
La mujer en cuestión era Barbara Bach (chica Bond para más
señas) y su acompañante no era otro que el mismísimo Ringo Starr con su barba y
gafas que no podían ocultar su personalidad.
Todo un Beatle en Madrid, todo un baterista del seguramente
grupo más famoso de la historia de la música, allí, a escasos metros de un
hombre como yo que se crio a biberones escuchando sus músicas y que ha sido
fiel admirador de las obras que a 45 o a 33 revoluciones siempre me han
acompañado de los cuatro escarabajos de Liverpool.
Recuerdo no dar crédito a esa casualidad del momento, como
tampoco daba crédito de unos fortachones por llamarles de alguna forma, que muy
cerquita de la pareja en cuestión, preservaban su intimidad de miradas curiosas
como la mía.
No me acerqué, más por miedo que vergüenza, pero me quedó un
regusto de gloria cuando pensé que vi a una mujer hermosa como pocas y a una
leyenda de la música que sigue siendo hoy al cumplir 80 tacos junto a esa misma
mujer que en un día soleado en Madrid captó
mi atención.
Felicidades al Sr. Starr y mis respetos a la Señora de Ringo
tantos años después.
Tres meses de confinamiento más o menos estricto, dan para
mucho. Teníamos todos varias opciones para sobrellevar mejor o peor estos días
de obligado encierro. Unos leyendo, otros bailando, otros peliculeando o
simplemente holgazaneando que también de vez en cuando se puede convertir en un
sano ejercicio siempre que no abusemos de él.
Particularmente, me enganché a series de terror, fantásticas,
fantásticamente divertidas o simplemente de esas que te hacen pensar; también
comencé a cabalgar por segunda vez con el ingenioso hidalgo y su no menos
singular escudero, aunque me quedé en algún terreno de un lugar de la Mancha de
cuyo nombre ahora mismo yo tampoco me acuerdo.
La música, como siempre, no dejó de acompañarme en estos ya
más de noventa días. Algún descubrimiento rockero con retraso y algún otro
realmente sorprendente.
Pero lo que no podía ni por asomo imaginar, era que me
engancharía a un programa o espacio que desde hace ya varios domingos a eso de
las seis de la tarde a través de Instagram, nos habla de meteorologías, cambios
climáticos, climas extremos, llamaradas solares, huracanes, corales que pierden
su color, lugares inimaginables y mil y una historias que siendo de ciencias,
me suenan a historias de buenas letras escritas de esas que te hacen prestar
atención de pe a pa.
La culpa de todo esto y mi “conversión” a ese mundo del que
yo sólo alcanzaba a descifrar como mucho bajas o altas presiones y poco más, la
tienen dos mujeres.
Primero, mi santa esposa que un día me habló de cierta
meteoróloga a la que seguía en las redes y de la cual estaba aprendiendo
muchísimo y con la que estaba encantada por su forma de exponer el tema de ese
día.
Y en segundo lugar, la propia meteoróloga que ha conseguido
en poco tiempo que en mi móvil suene una alarma dominical a eso de las
diecisiete cincuenta y cinco para conectarme a su espacio.
De nombre Mar Gómez, la describiría como una mujer guapa de
esas de ojos color indescifrable y una sonrisa que sabes que no esconden nada
que no sea naturalidad. Como diríamos coloquialmente, una persona que transmite
muy buen rollo.
Su simpatía, indudable; su programa, muy ameno; sus
conocimientos, fuera de duda; su memoria, para mí la quisiera y su
interactividad con los seguidores, total. Añadamos a todo esto todo lo que casi
sin darnos cuenta estamos aprendiendo y el cóctel nos da una mezcla
tremendamente atrayente.
Mi memoria de pez globo me impide conservar durante mucho
tiempo lo aprendido, pero siempre me queda el pensamiento de que durante una
hora, gentes de vete tú a saber dónde, hemos permanecido en cierto modo atentos
y unidos gracias a esta mujer que ha sabido poner en estos malos tiempos una
buena cara.
*Con todo mi apoyo y agradecimiento a Mar Gómez
por dedicar una parte de su tiempo al noble arte de hacernos la vida un poquito
mejor con sus conocimientos y gran simpatía. Gracias
*Si queréis contrastar lo que aquí cuento, los
domingos a las 18:00h. todos podemos citarnos en la red:
Mes de junio, sol en las calles y un sentimiento
contradictorio. Debiera estar contento, debiera estar feliz, pero mi sonrisa no
aparece y quizás tarde mucho en dibujarse en plenitud.
Salgo a la calle a pasear los lugares de siempre y me doy
cuenta que ya no son los mismos para estos ojos que siendo míos, no miran
igual.
Las calles, no cambiaron; los comercios siguen siendo los
mismos aunque sus accesos sean controlados por cintas, personas o letreros de
seguridad.
¿Y las personas?
Las personas son muchas; a pie y a caballo de bares donde las cervezas se cuentan por cientos
en abarrotadas mesas de gentes alegres. Sí, alegres, porque alegre es quien
ríe, alegre es quien bebe a medio metro del colega, del familiar, de un ligue o
vete tú a saber de quién.
Y entonces mi mente recuerda y mi corazón se encoge. No doy
crédito al presente siendo tan cercano un pasado tan terrible.
¿Dónde quedó el horror? ¿Dónde los miles de muertos en
soledad? ¿Dónde los silencios del miedo a lo desconocido que no podemos ver ni
tocar?
Da lo mismo el número que acompañe a la fase cuando de
desfases y desfasados absolutos hablamos.
No merecemos muchos los esfuerzos realizados, las penurias
vividas, las ausencias obligadas y el miedo a la muerte colgada en la comisura
de los labios para que ahora, hoy, otras gentes enfundadas en inconsciencia,
insolidaridad, botellones, botellines y risas, nos hagan o nos quieran hacer creer
que todo esto fue un mal sueño.
La juventud no es excusa como tampoco lo es el adulto que
protege su barbilla olvidando nariz y boca para comentar las mejores jugadas a quien le quiera escuchar.
De los sueños, se despierta; de la muerte, en este mundo, ya
no. Y son miles de familias rotas, son miles de personas que con muchos o pocos
años a sus espaldas, ahora son sólo un recuerdo por el que muchos de estos
inconscientes brindan al sol que más les calienta.
Como objetivo principal, las vacaciones; dónde seguir la
fiesta; qué arena, agua y sombrilla nos cobijará cuando el calor apriete.
De nada habrán servido las lágrimas vertidas, ni los miedos
que acecharon. El muerto al hoyo y muchos vivos donde la chulería les lleve,
porque para chulos, ellos.
¿Y los demás? Los recuperados con secuelas, los que quizás
enfermaron y nunca lo supieron y en general aquellos que agradecemos
primeramente seguir vivos, pues quizás ocupemos el tiempo libre en nuestra terraza
a varios metros del suelo, en terreno seguro al cobijo del hogar y de una
cerveza que también sin duda abriré brindando al cielo por mí, por todos mis
compañeros y por quienes en el silencio de la ausencia también estarán
presentes.
No hace mucho una amiga me preguntaba si pensaba que algo
sería como antes. En principio, le dije que no. Pero meditando, me doy cuenta
que desgraciadamente, al menos la inconsciencia de bastantes que viven de
espaldas a la realidad, sí.
Y eso, lo pagamos todos en una factura demasiado cara para el
bien común.
“Bares, qué lugares tan
gratos para conversar…” decía la canción.
Un
nuevo día soleado en mi ciudad; un nuevo día confinado entre pocas paredes
aunque nos quieran hacer creer que hoy es mejor que ayer pero menos que mañana.
El
caso es que asomo la barbilla por la barandilla de siempre y echando un vistazo
a la calle, veo a gentes andar, correr o intentar correr andando. Y allí,
cerrada a cal y canto, una persiana metálica con graffitis a caballo entre un
Mazinger Z y vete tú a saber qué cosa.
La
persiana del bar de siempre que algo más de dos meses atrás, recibía clientes
que en mayor o más bien en menor medida, acudían a su barra a beber, oír, ver y
pocas veces callar.
Hoy
ese bar, ese local de encuentro, sigue cerrado a cal y canto. No es el único
aunque seguramente, de futuro incierto a la hora de descorrer puertas, servir
mesas o colocar sombrillas.
Dejé de ser uno de sus clientes habituales
hace ya mucho tiempo, pero barrunto desde hace ya algunos días la idea de
celebrar si es posible mi primera cerveza fuera de casa en ese bar a cuatro
pasos de mí.
Me mueve quizás el sentimiento de
barrio, de cercanía, de caras conocidas, de historia a caballo entre dos
siglos, no sé. Pero si Dios quiere y espero que tenga a bien, ojalá antes o
después logre ver las caras de siempre en él y poder brindar en su barra con
una jarra enorme de cerveza entre las manos, primero por la salud, después por
quien dejó el camino de la vida y por último por un futuro lleno al menos de
esperanza.
Cuarentenas, confinamientos, alarmas
y un calcetín. Sí, un calcetín que asoma al escapar del zapato que dejo
en la entrada de casa al regresar de mi corta y habitual salida con mi amigo de
cuatro patas.
Un calcetín en cuyo extremo se hace
presente un hermoso “tomate” de temporada.
Curiosamente, al verlo, sonreí. No
era la primera vez que veía un agujero así, pero me llamó la atención no
apercibirme al ponérmelo.
De repente, pensé en España y en todo
lo que ha sucedido en los últimos dos meses y mi mente se nubló de oscuros presagios.
Un simple e inapreciable a ojos vista
virus, ha dado la vuelta a este país como si de un calcetín se tratara. Ese
país que hasta la llegada del intruso vivía una vida tan different como siempre
nos han catalogado de fronteras para afuera, se convirtió casi de la noche a la
mañana en una sombra de sí misma.
Calles solitarias, noticias de muertes,
de negocios cerrados, de empleos finiquitados, de brindis de puertas para
adentro, de miedos en las miradas ocultas bajo mascarillas multicolores y una
interrogante con demasiado peso sobre nuestros hombros, han hecho de mi país un
calcetín roto no sólo en su extremo sino que quizás también en todos sus
talones de Aquiles.
Nos hemos quedado sin línea de
flotación y para demasiadas personas, sin apenas esperanza por recuperar lo que
de golpe perdió.
Quizás aún no nos hayamos dado cuenta de
verdad y disimulemos miedos y realidades en calles compartidas aún por
demasiados virus atacando a demasiadas gentes jugando a pelotas, bicis o
simples caminantes sin hacer camino al andar.
Y lo que me causa cierto pavor, es sospechar
por palabras, obras u omisiones, que aquel o aquellos que en esta situación
debieran ser manos maestras que zurzieran el agujero negro de ese gran calcetín
llamado España, lo dejarán inútil para calzar nuevos pies color esperanza.
La estrella es símbolo de honor
en militares o de suerte para quienes la tienen buena o nacen con ella. La
suerte, hay que buscarla para encontrarla y el honor suele ser innato en quien
lo posee.
Hoy hablaré de un hombre grande;
en apariencia como de dos metros. Pudiera ser tan largo como un día sin pan aunque
no me fijaré en su apariencia externa, sino en su interior. Un trabajador de la
calle; de calle, carretera y manta. Uno de esos hombres que miden lo ganado por
lo indicado en el salpicadero de su coche; de esos que hacen carreras sin
competir con nadie y del que poco conocemos que no vaya más allá de alguna
conversación desde el asiento de atrás.
Uno de tantos taxistas y a su
vez, uno de esos hombres que parecieran de otro tiempo, porque difícil
encontrar en un tiempo tan ingrato como el que vivimos, a alguien cuya
motivación es la ayuda, el servicio, el trabajo y el préstamo de un corazón que
sin duda debe ser tan grande en su cuerpo como el que ha demostrado a muchas
manos que le han aplaudido por sus gestos.
No quiso dineros de aquellos con
susto en la mirada por una enfermedad que siendo de ida, nunca sabían si podrían
regresar.
Le bastaba la satisfacción de las
obras grandes que sólo los grandes de corazón saben hacer.
¡Qué enorme lo que haces, amigo
taxista! Porque sin conocer tu nombre, ni coincidir seguramente en esta vida,
podré llamarte amigo como tantas y tantas personas que debemos reconocer,
aplaudir y enorgullecernos sabiendo que por esas calles o esas carreteras de
Dios, hay un taxista, un buen hombre que nos hace ver que la verdadera España
que sabemos que existe, también va
subida sobre cuatro ruedas.
Cuando se cumple un mes y un día de
confinamiento como si fuera una condena dictada, el día amaneció encapotado
pero no por ello diferente a otros tantos que más tarde o más temprano
descubrimos por nuestras ventanas.
Lo
habitual, se hace norma y hoy nada hacía presentir que fuera diferente. Me
levanto tan tarde como mis ganas me empujan de ese sofá en el que dos
habitantes hacemos noche desde hace ya algunas semanas.
No
me echaron por castigo conyugal a dormir en él. Fue un acto de seguridad mutua
ante ciertos síntomas que no llegaron a cuajar o si lo hicieron, superamos con
más gloria que pena.
Digo
que dormimos dos porque dos somos mi persona y mi perro que no me abandona ni
para soñar. Para estar cómodos, yo me hago un ocho mientras él forma un cero a
mis pies.
El
sofá para mi gusto muy particular, me resulta incluso anatómicamente cómodo,
aunque también debo reconocer que en alguna ocasión, más por culpa mía y de
alguna mala postura, amanecí pensando que era anatómico forense.
Higiene
y desayuno habitual para salir por la
puerta uno con la intención de estirar piernas yel otro para estirar las patas.
El
recorrido es muy corto. Todo lo que pueden dar un par de calles para entrar por
una y regresar por la otra.
El
paisaje, nada atrayente. Aceras anchas con sus coches en batería y dando un toque
de salvaje naturaleza, una fila de árboles que al menos dan sombra y objetivo de
cobijo de aves e inodoro de perros como el mío.
Sí;
mi perro es de esos que levantan la pata trasera para regar troncos. Y no lo
hace en uno, no. Debe marcar su territorio en grandes extensiones de árboles.
Así
que debo ir con guantes enfundados, mascarilla al uso y como accesorio, una
botella de plástico conteniendo una disolución jabonosa para limpiar las marcas
que el can va dejando a su paso.
Son
normas de higiene naturales no ya en estos tiempos de virus, sino siempre. Pero
hoy, un simple detalle captó mi atención sin esperarlo.
En uno de esos árboles cualquiera y
después de limpiar con esa disolución el dibujo que mi perro había hecho, al
marcharnos, escuché a mis espaldas: “G R A C I A S”
Volvimos
ambos la mirada y no encontramos a nadie. La palabra se repitió y fue entonces
cuando vimos tras las rejas de una ventana a una ancianita de mirada dulce.
“¿Gracias,
por qué?” Pregunté yo.
“
Porque eso que acaba de hacer usted no lo suele hacer casi nadie” contestó
ella.
Reflexioné
entonces que mucho menos común es que una buena señora agradezca un gesto
cívico en un mundo por desgracia tan incívico.
Le
devolví las gracias a esta entrañable ancianita y deseándole se cuidara y
tuviera un buen día, mi perro no lo sé, pero yo regresé a casa con la dulce sensación
de pensar que en simples detalles, la vida aunque sea en estos momentos duros,
también puede ser hermosa.
Como todos los días, de blanco vestía y en
una silla de despacho se sentaba. La puerta entreabierta esperando siempre
asomara alguien por ella que necesitara de su ayuda.
Los minutos transcurrían en silencio y una
quietud extraña se respiraba en el ambiente, de tal manera, que pensó: “Qué
extraño”.
De su boca, salió una palabra usual en su
vocabulario profesional:
“Siguiente”, dijo ella. Sólo el silencio recibió
como respuesta.
Confundida y extrañada, se levantó para
asomar su cabeza a esa estancia que con letrero de Sala de Espera, era
compañera fiel.
La sala, estaba llena. ¿Llena? Sí, pero en
completo silencio.
De repente, alguien se levantó; primero una
mano y después la otra, enfrentando ambas e iniciando un tímido aplauso. A ese
aplauso, siguieron dos, quince, cien o mil que parecieran millones.
No daba crédito a lo que veía y escuchaba y en
su rostro aparecieron señales de asombro, perplejidad, incredulidad y un atisbo
de total incomprensión.
De entre las manos y los ojos que le
aplaudían apareció una señora de mirada serena, belleza sin igual y media
sonrisa complaciente.
Acercándose a ella cogió su mano y con una
voz dulce le susurró al oído:
“No temas y acompáñame”
Asió su mano y recorrieron un largo pasillo
que acababa en una gran puerta de tenues tonos. La abrieron y saliendo a su
exterior, ante ellas, un inmenso océano de lo que se asemejaba a una vasta
extensión de espesa bruma en los pies.
Nunca jamás había visto nada que se le
pudiera asemejar. No podía ver sus pies y sus rodillas apenas destacaban de esa
especie de niebla acogedora.
“Agáchate un poco y aparta con tus manos
todo lo que necesites para ver”, le dijo esa señora recién conocida.
Dócil y complaciente, así lo hizo. De
inmediato, un vértigo recorrió su cuerpo; una sensación de inmensidad se
apoderó de ella y tuvo que asirse a los brazos de su nueva amiga, para no caer
en el desmayo.
Sus ojos se abrieron de par en par; su
corazón se aceleró queriendo salir del pecho y su respiración se contuvo en un
suspiro de asombro.
Lo que veían sus ojos era la inmensidad de
un cielo lleno de blancas nubes y en ese instante se percató que ella misma se
sostenía en pie en una de ellas.
Miró hacia abajo, muy, muy abajo y creyó ver
pueblos, campos y ciudades a muchos kilómetros de allí. Pero no fue lo que vio
sino lo que escuchó lo que más llamó su atención.
Un aplauso lejano pero extrañamente familiar,
llegó a sus oídos e instintivamente, miró su reloj. Marcaba las ocho de la
tarde y quiso comprender aunque su mente se encontraba dispersa después de
tantas emociones.
“Te aplauden a ti Sara” le dijo esa señora
“¿A mí?”
“ Sí, a ti y a muchas personas como tú que
con vuestro esfuerzo dais consuelo, ayuda e incluso la vida por los demás”.
“Pero, pero…” Las palabras querían salir de
su boca pero se amontonaban de tal manera que no consiguieron pronunciar nada
legible.
De repente, comenzó a concatenar
pensamientos, razones y recuerdos para extrañamente llegar a una conclusión, que
aún siendo terrible, no le provocó pavor sino paz.
Mirando fijamente a los ojos de su nueva
amiga, le preguntó:
¿Cómo te llamas?
“María, le respondió; aunque también puedes
llamarme Carmen, Macarena, Manjavacas… como a ti te plazca”.
Los ojos de Sara se abrieron y unas lágrimas
de esperanza rodaron por sus mejillas para caer en el abismo existente entre el
cielo y la tierra que había dejado. Balbuceando, llegó a preguntar:
“¿Entonces tú eres…?”
“Sí” le respondió ELLA
Y una sonrisa infinita iluminó el rostro de Sara.
*Dedicado especialmente
a Sara Bravo López de 28 años de edad, médico de familia en Mota del Cuervo
(Cuenca) fallecida por coronavirus el 29 de marzo y a todos los profesionales
de cualquier rama que dan su vida por servir a los demás e intentar hacer de éste un mundo más seguro y mejor.
A todos ellos, de corazón, mi
aplauso y reconocimiento sin hora fija.