Corría el año 1979 cuando con apenas quince años mis pasos me llevaron a un bar querido y frecuentado . Ese bar era más que un bar; era un encuentro de amigos, cervezas y cartas donde los minutos se hacían horas y las horas coleccionaban historias.
Ese día, encontré acomodo en
un taburete de la enorme barra tras la cual el hombre habitual de redondas
formas y pelo olvidado en el tiempo, me regalaba la sonrisa de siempre y con su
habitual saludo decía:
“¿Qué te pongo Zarco?”
“Pues me pones una cañita y
unas patatas con anchoas”.
Regresó poco tiempo después
con dos cañas; una para él y otra para mí; era su forma habitual de dedicar un
pequeño tiempo a aquellos con los que tenía confianza y aprecio suficiente al
otro lado de la barra para dedicarnos y dedicarse unos minutos de charla y
descanso.
Poco duraban esas charlas
porque enseguida se veía reclamado por otros clientes.
De repente, tras las gafas,
mis ojos se percataron que en la parte totalmente opuesta de la gran barra,
había un expositor de cassettes. Raudo y veloz, caña, patatas, anchoas,
taburete y un servidor, se mudaron a sus pies.
Tomando posesión de ese
pequeño espacio y momento, con toda la tranquilidad del mundo fui mirando
aquellas cintas de entonces que en su jaula metálica y bajo candado, eran
expuestas para todos aquellos a los que el gusanillo de unos buenos sones les
hicieran comprar alguna.
No tardé mucho en ser abducido
por una portada con una llama y letras verdes que formaban la palabra TRIANA y
de título Sombra y Luz.
TRIANA ya me sonaban de días
de radio que hablaban del Sr. Troncoso, de unos Hijos del Agobio, de un Patio y
de una niña a la que invitaban a abrir la puerta cuando el día iba a comenzar.
Esas canciones mi memoria de ahora y de entonces, guarda y guardará siempre
como pequeños tesoros de buenos momentos vividos y otros buenos por venir.
Así que llamando a aquel con
el que compartí caña, charla y amistad le pedí amablemente que esa cinta fuera
liberada de su encierro para formar parte de mi pequeña historia.
Hoy varias décadas después, ese
bar, ese amigo tras la barra, ese expositor, e incluso la voz y las percusiones
de TRIANA son recuerdos de un pasado que me amó, amé y amaré siempre.
P.D. Dedicado muy especialmente
a Eduardo Rodríguez Rodway guitarra y alma viva del mejor grupo de rock español
que el destino nos arrebató pero la gloria convirtió en leyendas.

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