jueves, 28 de agosto de 2025

Dos cañas y una casette

 


      

         Corría el año 1979 cuando con apenas  quince años mis pasos me llevaron a un bar querido y frecuentado . Ese bar era más que un bar; era un encuentro de amigos, cervezas y cartas donde los minutos se hacían horas y las horas coleccionaban historias.

Ese día, encontré acomodo en un taburete de la enorme barra tras la cual el hombre habitual de redondas formas y pelo olvidado en el tiempo, me regalaba la sonrisa de siempre y con su habitual saludo decía:

“¿Qué te pongo Zarco?”

“Pues me pones una cañita y unas patatas con anchoas”.

Regresó poco tiempo después con dos cañas; una para él y otra para mí; era su forma habitual de dedicar un pequeño tiempo a aquellos con los que tenía confianza y aprecio suficiente al otro lado de la barra para dedicarnos y dedicarse unos minutos de charla y descanso.

Poco duraban esas charlas porque enseguida se veía reclamado por otros clientes.

De repente, tras las gafas, mis ojos se percataron que en la parte totalmente opuesta de la gran barra, había un expositor de cassettes. Raudo y veloz, caña, patatas, anchoas, taburete y un servidor, se mudaron a sus pies.

Tomando posesión de ese pequeño espacio y momento, con toda la tranquilidad del mundo fui mirando aquellas cintas de entonces que en su jaula metálica y bajo candado, eran expuestas para todos aquellos a los que el gusanillo de unos buenos sones les hicieran comprar alguna.

No tardé mucho en ser abducido por una portada con una llama y letras verdes que formaban la palabra TRIANA y de título Sombra y Luz.

TRIANA ya me sonaban de días de radio que hablaban del Sr. Troncoso, de unos Hijos del Agobio, de un Patio y de una niña a la que invitaban a abrir la puerta cuando el día iba a comenzar. Esas canciones mi memoria de ahora y de entonces, guarda y guardará siempre como pequeños tesoros de buenos momentos vividos y otros buenos por venir.

Así que llamando a aquel con el que compartí caña, charla y amistad le pedí amablemente que esa cinta fuera liberada de su encierro para formar parte de mi pequeña historia.

Hoy varias décadas después, ese bar, ese amigo tras la barra, ese expositor, e incluso la voz y las percusiones de TRIANA son recuerdos de un pasado que me amó, amé y amaré siempre.

 

P.D. Dedicado muy especialmente a Eduardo Rodríguez Rodway guitarra y alma viva del mejor grupo de rock español que el destino nos arrebató pero la gloria convirtió en leyendas.

 

 

 

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