Sentado
a una silla de ruedas, apenas puedo elevar el rostro; quizás el alcohol, la
última paliza, o el penúltimo tropiezo. ¡Qué más da!
Desde
la entrada y aterido por un viento frío, apenas puedo vislumbrar las caras de aquellos
que entrando y saliendo, disimulan purgar pecados en la bendita Iglesia
Catedral.
Unos
pocos sabrán mi nombre; otros pocos acercarán su alma para interesarse por la
mía y la mayoría mirarán hacia otro lado, porque en su mundo no hay cabida para
aquellos que como yo sólo encuentran refugio en vinos y noches de interperie.
No
discutiré sus pensamientos, palabras, obras u omisiones porque no soy nada, no
soy nadie para juzgar a otros nadies.
Mi
saludo nunca faltará a quien alguna vez me ayudó con una moneda, un bocadillo o
simplemente con unas palabras y consejos reconfortantes. Más calor recibo de un
segundo de sinceridad que de mil palmadas sin rozar mi espalda.
La
vida me enseño a lamerle las heridas y distinguir como un perro abandonado al
humano que solo con su mirada ya extiende su mano para abrazar mis penurias.
Así
soy yo; con una vida que seguramente me ofreció alguna oportunidad de
cambiarla, pero que no supe o no quise hacerlo; soy humano, soy imperfecto,
pero al menos sigo siendo YO.
Llegarán
días de jolgorios, copas, adornos de colores y turrones y regalos de mil clases
a quien se haya portado bien.
Yo
seguiré aquí, lejos de mi tierra y puede que cada día y a mayor velocidad, más
cerca de esa otra tierra que me acoja para el descanso eterno.
Si
pasas a mi lado, simplemente deséame lo que yo también quisiera desearte…
¡FELIZ NAVIDAD!
P.D.
Dedicado a Peter, un hombre sin techo al que jamás le falta una sonrisa y un
saludo que darme. A él y a todas las personas en una situación similar, mis
mejores deseos y oraciones para que algún día la vida también les sonría igual
que a los que sin saberlo, nacimos con mejor suerte.


